Sobre la experiencia de acompañar a alguien a conocer y disfrutar de su sexualidad

Publicado 28/5/24 - de Moxe

La primera vez que conocí a José, me abrió todo un mundo. Viajé a Valencia después de chatear con él por redes sociales. Me abrió la puerta de su casa con los ojos brillantes y el corazón abierto. Le conté lo que suelo hacer, mi tipo de masaje tántrico y lo que ofrezco. Para él era algo totalmente nuevo, recibir un toque sensual. Fue una sesión muy reveladora, amorosa y bonita. Los dos experimentamos los límites, lo que se puede hacer, lo que funciona, la comodidad y el placer. Todos deseamos recibir contacto. Como terapeutas de intimidad sagrada, ofrecemos sensualidad y un contacto humano amoroso para expandir y enriquecer lo que se puede ofrecer y recibir. Con José fue diferente. En su día a día necesita ayuda con las tareas cotidianas, así que recibe contacto físico casi todo el tiempo, pero no un toque erótico y amoroso. Tampoco el permiso para gemir por el placer que le da ese toque. El acompañamiento sexual cumple dos tareas que, como dice José, son fundamentales para la humanidad: poder tener sexo y poder conocer tu cuerpo de forma sensual y erótica.

La segunda es algo de lo más trivial para mucha gente. De niños y adolescentes nos hemos tocado, nos hemos dado placer y sabemos cómo dárnoslo a nosotros mismos. Es información clave para el desarrollo sexual. Con esa información, más adelante en la vida podemos pedir y guiar a nuestra pareja para alcanzar un orgasmo propio. Por eso poder disfrutar de nuestro cuerpo es un derecho básico: el derecho a tocar. Aquí viene la segunda parte del acompañamiento sexual que, como muchos profesionales, cada uno lleva a su manera. Desde mi punto de vista, somos manos, piernas, somos energía; somos conscientes de que todo es uno y, al mismo tiempo, respetamos la integridad y autonomía del otro. Damos placer no a nuestra manera, sino escuchando y respondiendo a la necesidad del otro. Participamos en el acto de amor como músculos que se conectan con las fascias de ambos, siguiendo sus impulsos, sus peticiones, sus órdenes. Sí, órdenes, porque los movimientos no son míos, sino suyos. Soy músculos Soy fascias Soy huesos Soy un corazón que late al ritmo de las energías con las que comparto espacio/tiempo. La frecuencia del amor es universal.


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